Las 3 formas de reducir la contaminación: La de los idiotas, la de los sensatos, y la de los inteligentes.

La forma idiota

Es de idiotas tirar el dinero para no conseguir casi nada, o incluso acabar consiguiendo lo contrario de lo que te proponías.

El razonamiento más simple (al alcance de cualquier político) es echar la culpa de la contaminación a los coches.

Fijarse en un solo aspecto: Que los coches más antiguos emiten unos pocos gramos de dióxido de carbono (CO2) más que los modernos por kilómetro, o unos pocos microgramos de óxidos de nitrógeno (NOx).

Y hacer leyes para obligar a todo el mundo a cambiarse de coche a marchas forzadas.

¿Cuánto gastas así, y qué consigues a cambio?
Si obligas a la gente a cambiar un millón de coches, y cada uno cuesta 30.000 euros, el coste de esa política es de 30.000.000.000 € (treinta mil millones de euros).

Pero resulta que fabricar cada coche nuevo consume energía y materias primas; De forma que cuando te dan las llaves, se ha contaminado tanto en fabricar ese coche como si ya hubiera recorrido unos 60.000 kilómetros (o unos 75.000 si fuera eléctrico).

La pregunta clave es:

Teniendo en cuenta la escasa diferencia de emisiones entre el coche nuevo y el viejo ¿El propietario que cambie de coche, amortizará esa contaminación inicial de fabricar el coche nuevo, con el uso que haga de él a lo largo de su vida útil?

Hay algunos conductores que hacen un uso intenso del coche, porque lo cogen todos los días (por ejemplo para ir a trabajar). Pero incluso estos, tardan más de tres o cuatro años en recorrer 60.0000 Km., y muchos dejarán el coche antes de haber amortizado con el uso esa contaminación inicial. Son personas que cambian de coche con cierta frecuencia, ya que dependen tanto de él que no se pueden arriesgar a quedarse tirados, o a tenerlo una semana en el taller.

La mayoría de personas que tienen coches viejos son jubilados, que apenas contaminan las ciudades porque casi no los mueven.

Estas personas no conducen a diario, y a penas van por la ciudad. Mantienen el coche principalmente para ir a la casa del pueblo en algunos puentes, o salir de vacaciones a la playa.

Las políticas idiotas de cambiar todos los coches viejos están obligando a cambiar de coche a las personas que menos contaminan, y a las que sus coches actuales les hubieran dado un buen servicio durante lo que les queda de vida.

Obligándoles a cambiar de coche, les estamos obligando a consumir y contaminar más con la fabricación innecesaria de coches nuevos.

Y tampoco es cierto que ir en un coche eléctrico no contamine. Que el coche no tenga tubo de escape, no significa que la energía eléctrica que consume no se haya obtenido quemando algo en una chimenea mucho más grande. Sobre todo si (para que le salgan las cuentas, a quien tenga garaje en casa) lo recarga por la noche, cuando ya no hay sol.

La forma sensata

Lo sensato no es eso, sino estudiar un poco más y fijarnos en un aspecto clave: ¿Qué vehículos son los que contaminan más en la ciudad?

Una vez fabricado, un vehículo sólo contamina mientras está en marcha.

En el peor caso (si se utiliza a diario) un coche particular hará dos viajes al día, de un promedio de unos 15 minutos: Para ir a trabajar y para volver a casa. ¿Merece la pena el esfuerzo de cambiarlos todos?

Sin embargo, un taxi o un autobús urbano se pasarán muchas horas al día dando vueltas sin parar (durante dos turnos de trabajo completos de sus chóferes).

Un autobús pesa 15 toneladas (como 10 coches), y en la práctica cada autobús consume y contamina como 9 coches.

¿Qué vehículos interesa cambiar inmediatamente: Todos los coches particulares, que apenas se mueven y contaminan mucho menos; O unos pocos autobuses y taxis que circulan y contaminan todo el rato?

Estaremos de acuerdo en que lo sensato es buscar el mayor retorno de la inversión, y comenzar por renovar o electrificar unos pocos vehículos que son los que más contaminan. En vez de todos los demás.

La forma inteligente

Pero aún podemos ser más inteligentes, y encontrar sinergias.

Si indagamos más, descubriremos las claves que nos permiten reducir la contaminación, incluso sin tener que gastar en renovar vehículos.

Pensando un poco nos daremos cuenta de que en realidad no contamina la máquina, sino la persona.

No contaminan los coches, sino nosotros los viajeros, en función de que usemos nuestros vehículos de forma más o menos eficiente. De desperdiciar el menor número de asientos libres, y no mover más vehículos de los necesarios.

A menudo se dice que un autobús es muy eficiente, porque PUEDE QUITAR de la circulación muchos coches. Pero en realidad eso sólo es cierto si el autobús va lleno de viajeros y los coches sólo llevan al conductor.

En las horas punta, cuando somos tantos yendo a trabajar a la vez, sucede que el transporte público no llega a dar abasto ni con esos autobuses enormes de 15 toneladas en los que caben 50 personas (que en esos momentos van congestionados).

Pero luego, durante el resto del día, el número de viajeros baja tanto, que esos mismos autobuses siguen dando vueltas desperdiciando muchas plazas vacantes, mientras cada uno sigue consumiendo y contaminando como 9 coches.

Hay muchas más horas en que esos autobuses tan grandes ya no son eficientes, ni económicos, ni sostenibles.

Sin embargo, en un coche caben 5 personas (caben 10 veces menos que en el autobús, pero es que también pesa 10 veces menos).

Y en los coches particulares que se mueven por cualquier ciudad, hay más asientos libres que podemos aprovechar, que viajeros llevan el metro y los autobuses municipales juntos.

Y justo cuando más se necesitan (en las horas punta de ir a trabajar) la mayoría de estos asientos estarían disponibles para llevar a otras personas, de las que vamos al trabajo en la misma dirección que el conductor.

Porque varias encuestas (RACC, Rastreator, etc.) coinciden en que “6 de cada 10 españoles compartirían coche a diario, para ahorrar”.

El ahorro que se consigue compartiendo coche para ir a trabajar, no solo es de dinero (al compartir los gastos del viaje entre el conductor y uno o varios pasajeros más); El ahorro más valorado es el de tiempo. Porque (en vez de tener que perder hasta 3 o 4 veces más tiempo haciendo trasbordos entre varias líneas de metro y/o autobús), a cada pasajero le puede llevar el conductor que vaya a pasar más cerca de su lugar de destino, yendo casi de puerta a puerta.

Y, al aprovechar asientos libres para ir la misma gente en menos coches, quitaremos del tráfico coches suficientes para que ya no se formen los atascos de tráfico de las horas punta (donde perdíamos 2 o 3 veces más tiempo, y los vehículos atrapados consumían y contaminaban hasta un 80% más de lo normal).

Al aprovechar los asientos libres de algunos coches, podemos desplazarnos muchos más con la rapidez y comodidad del coche, pero moviendo menos coches. E incluso será más fácil aparcar y dejaremos de dar vueltas buscando aparcamiento (lo que también contamina).

Y al hacerlo en las horas punta, además reduciremos los picos de la demanda y los autobuses urbanos podrán ser más pequeños y fáciles de electrificar; Resultando más eficientes, más económicos de adquirir y de operar, y más sostenibles al desperdiciar menos plazas libres durante la mayor parte del día.

Sumando todos los efectos (directos e indirectos) de mover más gente en menos coches, se estima que podremos reducir las emisiones de CO2 de cada gran ciudad en hasta un millón de toneladas al año.

Si tiene tantas ventajas…
¿Por qué no lo estamos haciendo todavía?

Porque los viajeros necesitamos una forma fácil de saber quienes más van en nuestra misma dirección y quieren compartir entre varios el viaje y sus gastos.

Sólo nos falta en el móvil una app de compartir coche para ir a trabajar como DedoCar, en la que baste con pulsar un botón (“salgo ya”) y nos diga en cada momento quienes somos el pasajero y el conductor más cercanos que podemos ir juntos.

Que permita al conductor ir recogiendo por el camino a todos los pasajeros compatibles que estén listos.

Y que reparta automáticamente los gastos del viaje, de forma que cuantos más vayamos juntos, más ahorremos cada uno.

En conclusión:

Es de idiotas empeñarse en cambiar todos los coches. Porque en la práctica así se reduce poca contaminación, o incluso corremos el riesgo de acabar contaminando más (al obligar a los jubilados a comprar coches nuevos).

Es más sensato renovar o electrificar los vehículos de servicio público que contaminan más la ciudad: Sobre todo los enormes autobuses urbanos, que se pasan el día entero dando vueltas.

Pero lo verdaderamente inteligente, es aprovechar mejor los asientos libres que estamos desperdiciando en los viajes obligados de nuestros coches particulares.
Sobre todo en las horas punta, cuando siempre se pueden encontrar grupos de varios que vamos al trabajo en la misma dirección y estamos deseando ahorrarnos tiempo de desplazamiento, compartir gastos, y librarnos de los principales problemas de la movilidad en las ciudades, como aparcamiento, atascos de tráfico y contaminación.

No salvaremos el mundo cambiando todos de coche, para luego seguir yendo al trabajo cada uno en el suyo.
Ni podemos ir todos en autobús en hora punta.
Pero podemos aprovechar inteligentemente los asientos libres durante nuestros viajes en coche, gracias a las nuevas apps de “carpooling de 2ª generación”.

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Autor: Martin en DedoCar.org

Necesitamos una app para compartir coche al trabajo

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